Corren tiempos de extrema incertidumbre. José Manuel es autor del libro “Vértigo”, que relata cómo tomar decisiones valientes.
¿Estamos viviendo un tiempo de vértigo?
Parece evidente que sí, aunque la sensación de vértigo es subjetiva. Lo que unos viven como extremo desasosiego, otros lo viven con sorprendente placidez. Hay quienes se ponen de espaldas e ignoran todo lo que sucede. La guerra y el fin del actual orden mundial les resultan ajenos y son cosas que no van con ellos. Pero es obvio que sí les va a afectar y mucho, como a todos. Ignorar un problema no evita sufrir sus consecuencias.
Sea como fuere, lo cierto es que el momento actual reúne los ingredientes clásicos de una situación de vértigo. Se percibe cuando sentimos que el suelo que está a nuestros pies se tambalea, nos cuesta mantener el equilibrio y creemos avanzar hacia un precipicio que nos absorbe y nos precipita hacia él.
Parece que describes tal cual lo que sucede.
Sí. El viejo orden mundial nacido tras la segunda Guerra Mundial ha decaido. Surge uno nuevo que no sabemos muy bien cuál es, pero en el que la ley del más fuerte y los impulsos caprichosos de los líderes mundiales son protagonistas. Ya nada será igual que antes, incluso si Trump pierde las próximas elecciones. La situación mejoraría, claro, pero hemos sufrido un golpe de realidad que nos demuestra que los aliados se pueden convertir en un grave problema.

Por si fuera poco, la IA abre un universo nuevo lleno de posibilidades y también de amenazas y miedo ante lo desconocido. Lo que nos sirvió hasta ayer y nos trajo hasta aquí, ya no vale ni nos ayudará a seguir hasta allí. O sí, porque como apuntaba Uxue Ibarrola, en todo cambio conviene identificar aquello que es bueno conservar.
Hay cosas que no pueden ni deben pasar de moda. Las necesitamos. Constituyen nuestra esencia y forman parte de nuestro ADN y de nuestra escala de valores. El desafío es saber identificarlas, ponerlas en valor y blindarlas. Hago esta reflexión a todos los niveles: personal, profesional, corporativo, social, como España, como Europa y como civilización occidental.
El modelo de gestión del vértigo es un método para tomar decisiones valientes. ¿Las de los actuales líderes no lo son?
Puede que sí sean valientes, pero también inconscientes, y eso las convierte en malas decisiones. Pésimas, diría yo. Se trata de tomar decisiones valientes, sí, pero también inteligentes. Por eso, nuestro modelo hace hincapié en ese punto: ni dejarse congelar por el miedo (que es el no hacer nada) ni dejarse secuestrar por impulsos ciegos que rara vez alcanzan su meta. Es más, cuando actuamos a golpe de impulso, perdemos el objetivo y la meta.
Antes de decidir y actuar hay que pensar. Por ejemplo, importa reflexionar qué queremos lograr en verdad. Se trata de no solo preguntarnos el porqué hacemos las cosas, sino sobretodo el para qué. Motivos para invadir Venezuela sobraban, pero cuando pensamos el “para qué”, se cae todo.
Muchas decisiones quedan en evidencia si las pasamos por el filtro del “para qué”.
Y tanto. No es que ese fin último o “para qué” no exista, es que puede que sea inconfesable e incompatible con nuestra escala de valores.
Nos ocurre incluso a nivel personal. Ante lo que percibimos como una injusticia a veces reaccionamos irracionalmente. Si sometemos ese impulso al filtro del “para qué” puede que descubramos que no perseguimos la restitución de la justicia tanto como el deseo de venganza.
¿Es el “para qué” el único filtro?

Por supuesto que no. Nuestro modelo de gestión es un paseo interior por la casa del vértigo. Son cuatro fases en la toma de decisiones, cada una situada en una habitación: vestíbulo (reacciona), salón (relaciona), cocina (responde) y dormitorio (renace). Antes de llegar a la cocina, que es donde se ejecuta la decisión y de donde los platos ya salen servidos, hay que pasar por el salón, donde hay muchas cosas que valorar. Entre otras, mirar no solo a corto plazo sino también a largo, e incluir no solo tus propios intereses sino el todos los que te rodean y se verán afectados. Hay que darse tiempo para no precipitarse.

Cobarde es quien muere en el vestíbulo y no reacciona. Torpe e impulsivo es quien directamente desde el vestíbulo salta a la cocina sin pasar por el salón y valorar intereses, contexto, consecuencias… Es ahí donde debemos trazar un plan.
Muy gráfico. Gracias, José Manuel.




