José Manuel, la consultoría en valores quizá sea vuestra línea de negocio más diferencial.
Cuesta elegir entre las distintas líneas de negocio: estrategia y alta dirección, cultura y cambio, intervención en equipos, desarrollo y formación, eventos y conferencias… Es como pedirle a unos padres que destaquen a uno de sus hijos sobre los demás. Todos son especiales y únicos.
Lo que hace diferencial una línea de negocio es el cómo se hacen las cosas. Por ejemplo, la formación económico-financiera es muy conocida y tradicional, pero el cómo la impartimos nosotros la hace única.
Me refería a que no son muchos los que trabajan de verdad los valores, más allá del marketing.
Cierto. Muchas compañías hablan de valores por estética, y no por una profunda convicción ética. El mundo de los valores se sitúa en una dimensión que, para muchos, es difusa. Lo ven como algo demasiado elevado, medio filosófico, anclado en el ámbito personal y poco aterrizado al concreto mundo de los negocios que está presidido por objetivos cuantitativos y dividendos a distribuir.
Sienten que eso de los valores está bien, pero para otro momento, que deben quedar fuera del horario laboral. Aunque no lo digan abiertamente porque sería políticamente incorrecto, en el fondo piensan aquello de “al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
Evidentemente se equivocan.
Los valores sí deben estar presentes en los negocios.
En los negocios y en el ámbito más personal. En lo público y en lo privado. En la familia y en la empresa. Por la mañana y por la tarde. Y durante la noche también.
Los valores son los principios rectores que guían nuestra forma de hacer las cosas, son el filtro que matiza nuestros comportamientos. Son ese mundo del “deber ser” que influye en el del “ser”: lo inspira y lo condiciona. En cualquier ámbito.
Ponnos un ejemplo.

Lo primero es entender que los valores condicionan y exigen. Son mucho más que palabras. Una cosa son los valores declarados que leemos en grandes carteles corporativos. Se enuncian principios éticos muy bien elaborados. Otra cosa son los valores realmente vividos, los que se desprenden de la cultura corporativa real, la que respiran los equipos de trabajo en su día a día. Se aluden en las conversaciones de pasillo. Los valores vividos no están escritos en un panel.
Son nuestras conductas las que hablan de valores, aunque no siempre de los que desearíamos. A veces, esos valores, los de verdad vividos, son poco confensables. Pero son los que son. Y si no nos gustan, cambiemos nuestras conductas para cerrar esa brecha entre valores deseados y vividos.

A nosotros nos encanta decir que “los valores realmente vividos son aquellas cosas a las que damos importancia”. Ejemplo: muchos padres declaran que lo que más les importa es la educación de sus hijos.¿Cuánto tiempo dedican a enseñarles, a preocuparse por cómo aprenden, a asumir en primera persona esa función educativa y de trasnmisión de valores, y no delegarla en el colegio?
Llevámelo al mundo de la empresa.
Claro. Esa frase que debemos grabar en piedra, la de “los valores realmente vividos son aquellas cosas a las que damos importancia”, vamos a tunearla con dos variables concretas: tiempo y dinero.
Hay empresas que dicen tener como valor principal el crecimiento y bienestar de sus profesionales, su formación y desarrollo profesional. Eso son los valores declarados. Pero los realmente vididos son aquellas cosas en las que invertimos nuestro tiempo. ¿Cuánto tiempo efectivo se dedica a formación? ¿Se realizan entrevistas de feedback y desarrollo como parte integrada en la agenda anual? ¿Son un mero trámite burocrático o se pide hacerlas de verdad? ¿Se forma a quienes deben dirigir esas entrevistas para basarlas en evidencias y hechos observables?
Otro ejemplo. Muchas empresas presumen de innovación. Es el valor declarado, pero los realmente vividos son aquellas cosas en las que invertimos nuestro presupuesto. ¿Cuánto dedicamos a I+D? ¿Cuánto presupuesto estamos dispuestos a arriesgar en proyectos de incierto retorno? ¿Cuánto toleramos el error en alguien que intentó hacer algo de forma distinta, que probó algo nuevo?
Estamos ante dos incoherencias.
Hay muchos más. Por eso, necesitamos hablar de valores. Nominalizar y definirlos es el primer paso. Y después, listar los comportamientos que nos acercan y los que nos alejan de esos valores. Así, todos seremos más conscientes y se podrá generar una cultura de valores en la que disminuya la brecha entre valores declarados y vividos.
Seguiremos tratando este tema. Mil gracias




