Carol es especialista en intervenciones sistémicas con equipos naturales. Un sistema puede ser una familia, una empresa o un equipo de trabajo, por lo que conviene entender cómo funcionan.
¿Qué es un sistema? ¿Por qué lo es un equipo de trabajo?
Bueno, esta es una pregunta enorme. Veamos…
Un sistema es un conjunto de elementos relacionados entre sí con una lógica propia, sostenida por reglas explícitas e implícitas, patrones y una frontera que define qué pertenece y qué queda fuera. En el ámbito organizacional, se estructura en torno a la función y la tarea, más que al vínculo personal, aunque este influya en su funcionamiento.
Un equipo de trabajo es un sistema que ocupa un lugar y cumple una función reconocible dentro de una organización mayor, al servicio de una tarea concreta. Sus miembros ocupan roles definidos, interactúan desde esos roles y contribuyen, o no, al propósito del sistema al que pertenecen.
Cuando hablamos de propósito, ¿nos referimos a los objetivos de negocio?
No exactamente. Más allá de los objetivos medibles, hablamos del lugar que ocupa ese equipo dentro del sistema organizacional y del sentido de su contribución.
Una organización está formada por distintos microsistemas (equipos, departamentos, áreas) y cada uno tiene un destino propio. Ese destino no siempre coincide plenamente con el objetivo global de la organización, pero debería estar al servicio de él. Cuando esa conexión no es clara, aparecen tensiones, ineficiencias o conflictos que no se resuelven solo ajustando indicadores.
A veces, preguntas a varios miembros cuál es el objetivo que tienen como equipo y no responden lo mismo.

Es muy habitual. Cuando preguntamos por el objetivo, cada persona puede responder desde un lugar distinto: desde su interés individual, desde su área o desde lo que cree que se espera de ella. Incluso teniendo clara la función del equipo, el para qué no siempre es compartido ni genera la misma implicación.
Un ejemplo frecuente es la tensión entre áreas con lógicas distintas: ventas, calidad, operaciones… Cuando no hay una integración clara de esas funciones dentro del sistema mayor, lo que emerge es conflicto o bloqueo.
Desde una mirada sistémica, la pregunta no es quién tiene razón, sino qué necesita el sistema para funcionar mejor y qué orden o ajuste está faltando.
En un equipo, ¿cuánto importa la calidad de sus miembros y cuánto la relación que existe entre ellos?

Pues te diría una cosa y la otra, pero no son suficientes por sí solas. La calidad profesional de las personas y la calidad de las relaciones influyen en el funcionamiento del equipo, aunque conviene distinguir entre la persona y la función en el sistema.
Equipos con personas muy competentes y con buenas relaciones pueden no funcionar bien si los roles no están claros, si el orden del sistema es confuso o si el equipo no está alineado con su tarea dentro de la organización, por ejemplo. En esos casos, ni la competencia individual ni el buen vínculo compensan un desajuste estructural.
Sistémicamente, por un lado está la experiencia individual y relacional de las personas (la necesidad de pertenencia, orden y equilibrio) y, por otro, la dinámica del sistema, que tiende a conservar aquello que le ha permitido permanecer, incluso cuando ya no es adecuado al contexto y, en ocasiones, a pesar de las personas.
Hablas de distintas “voces” dentro del sistema. ¿A qué te refieres?
En los sistemas suelen estar presentes tres voces: la voz individual; la voz del sistema, ligada a patrones aprendidos y a su historia; y la voz del futuro emergente, relacionada con el contexto y los cambios estratégicos que exigen una transformación.
Esto se hace especialmente visible en los procesos de cambio organizacional: la necesidad de cambio no siempre nace en el mismo lugar; puede estar en las personas, en el sistema o venir impuesta por las circunstancias, y no siempre hay armonía entre ellas. La dificultad aparece cuando las necesidades que están en juego entran en tensión y facilitan o dificultan el propio proceso de cambio.
La mirada sistémica permite identificar estas voces sin confrontarlas entre sí, entendiendo que cada una responde a una necesidad distinta.
Con solo identificar esas voces, ¿ya se puede avanzar?
Al menos, permite observar la necesidad detrás del síntoma. Ese cambio de mirada transforma la forma de intervenir y abre la posibilidad de avanzar de manera más ajustada y eficaz.
Carol, lo dejamos aquí y proseguimos otro día hablando sobre cuál es la necesidad que hay detrás. Mil gracias.




